La importancia de ‘Mil Historias’ para los dominicanos


Todos los canales de televisión tienen noticieros que compiten fieramente por “informar” con la mayor cantidad de morbo posible. Hay una caterva de periódicos en todos los formatos, vendidos a cualquiera de los colores del dinero. La radio tiene demasiados programas de opinión y los famosos “interactivos” no son más que una pasarela de vainas deprimentes que taladran permanentemente el alma del país.

Todos trabajan sin descanso por ser “los más objetivos” (como si la objetividad se dosificara, cuando en realidad se tiene o no se tiene), los más ágiles, los más completos… los más eficientes en sembrar intranquilidad, los más puntuales a la hora de servir un buffet de desencanto. ¡No me jodan! Estamos jartos de malas noticias.
Por eso, Mil Historias hace falta. Un programa sin igual y sin competencia en el lodazal de malas noticias en el que navegamos como socie… como suciedad cada día. Cualquiera que haya visto un solo episodio de Mil Historias da fe de que cuando suben los créditos está sonriendo, quizás con una lagrimita a punto de saltar de un ojo. Cada programa cumple un objetivo básico: Mueve nuestras almas. Las sacude. Es como si en medio de todo el hedor informativo nos soplaran un perfume de positivismo, de que sí se puede…
Nada se parece a Mil Historias. Claro, hay programas muy buenos, que dan testimonios, que hacen muy buenas entrevistas, que educan e informan como deberían ser todos. Pero Mil Historias es mucho más que eso. Créanme, es mucho más.
Cada lunes por varios años, Judith Leclerc llegaba a nuestras pantallas de televisión con una oferta informativa absolutamente insólita. Nos traía buenas noticias, finales felices, sonrisas y buenas lágrimas contadas en primera persona de gente normal, sin apellidos ni fama, tan iguales como el más igual de quienes mirábamos de este lado de la pantalla.
Hoy lunes, esta (aparentemente) frágil mujer nos traerá su programa a través de una pantalla distinta. Más moderna, quizás, aunque probablemente no igual de masiva… por ahora. Mil Historias inicia hoy una etapa audaz, convirtiéndose hasta donde tengo conocimiento, en el primer programa enteramente colocado en YouTube (vale que se suscriban a ese canal también).
Hace falta que Mil Historias encuentre una nueva planta televisora, porque las Mil Historias que Judith nos cuenta necesitan llegar a mucha gente. Hoy, por ejemplo, hay una historia de seguimiento. Tiempo atrás ella hizo un reportaje de un joven pintor que vivía en una iglesia. Su vida cambió cuando un familiar vio el programa y mejoró sus condiciones de vida. ¿Cómo devolvió el favor ese muchacho? Acudió al hospital psiquiátrico donde su madre está interna, y ha creado murales para alegrar las paredes de esa institución.
¿Ustedes se imaginan la trascendencia de este tipo de programa? ¿Lo mucho que necesitamos ver este tipo de ejemplos? La Leclerc es una mujer recia, demoledora de retos. Todo el apoyo que ha recibido y el que hoy empezará a tener (del que seré parte y les invito a serlo también) demostrará lo que ya dije antes: estamos jartos de malas noticias y necesitamos que Mil Historias termine siendo Diez Mil Historias.
Producir un programa (de lo que sea) involucra mucho dinero y con Mil Historias no es diferente. Por eso creo que es importante que apoyemos el programa en esta etapa. Lo ideal sería que pronto la tengamos de nuevo en la televisión y con una sólida presencia en Internet.
Yo, desde mi limonar, le deseo a Judith un poco de todo lo que nos ha dado por tanto tiempo, esa sonrisa amplia y todo el positivismo que nos infla el pecho para continuar.
Créeme, querida, tu horizonte es inmenso.

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